Quien ha observado atentamente durante algún tiempo sabe bien que, pasada aquella primera edad –la de la infancia-, por la que todos atravesamos, propia de rabietas y berrinches, sólo existen dos formas de llorar. Todo lo demás son variaciones de estilo, más o menos atinadas y encuadradas en una u otra forma, con la que cada plañidero o plañidera interpreta variaciones propias de la procedencia geográfica, o folklórica, o muestra su propio acento y personalidad, pero que no pasan de ser variantes susceptibles de ser tenidas en cuenta bajo el epígrafe de alguno de los dos grupos mayores.
Los no iniciados tienden a creer que, el llanto, todo es uno. O que hay tantos tipos como personas en el mundo, lo que vendría a proporcionar una posibilidad de identificación semejante a la de las huellas dactilares o la caprichosa configuración del iris... craso error.
El maestro Cortázar dio instrucciones precisas de cómo hacer para iniciarse en el arte del llanto, incluso para que, con dedicación, pudiera llegarse a adquirir cierta destreza –los medios de comunicación nos han hecho conocer consagrados intérpretes de ambos géneros-, pero no instruyó acerca de sus modalidades por lo que, iniciados ya en la técnica, cada persona puede desarrollar un estilo, sin saber en qué tipo de gimiente irá a ser incluido.
La primera forma consiste en un llanto torrencial, estentóreo, frecuentemente acompañado de sollozos e hipidos, que llegan a alcanzar gritos y convulsiones en los llorones más diestros.
Este tipo de llanto suele emplearse en los casos de disgustos repentinos e inesperados, ante desgracias de cierto calado o reveses de la vida. También ante desengaños, traiciones y demás afrentas que el devenir de los días nos tiene reservadas y suele venir acompañado de crisis nerviosas o de angustia, con frecuencia próximas a la histeria..
Las lágrimas brotan a borbotones y el rostro se embadurna todo, con notable repertorio de rictus y de muecas y, en el caso de las mujeres, los afeites cosméticos se desparraman sin orden alguno, dando como resultado un santocristo abstracto y polícromo.
La respiración se acelera y el ritmo cardiaco galopa provocando sonoras resonancias en el pecho, que llegan a ser audibles, aun sin estetoscopio, en los breves segundos de calma.
Los llorones y lloronas de esta especie suelen intentar verbalizar al tiempo que gimen. Trabajo inútil, pues la voz, entrecortada y espasmódica, no llega a resonar sino como un eco y las palabras se atropellan y entrelazan en una sinfonía ininteligible y absurda.
Pasado el acceso más agudo, los intérpretes de este estilo suelen buscar personas cercanas a quien abrazarse, ya sean seres queridos u odiados, por lo que resulta aconsejable mantenerse a prudente distancia si uno cree encontrarse ante un espécimen del grupo.
Esta primera forma provoca un gran desahogo para el sufriente y las crisis suelen ser de duración breve o moderada, pues la violencia del torrente acuoso y las erupciones de gases de le acompañan arrastran tras de sí toda la masa que oprime el pecho y el abdomen, lo que conlleva un alivio que empieza a hacerse patente pasados, apenas, un par de minutos.
La segunda forma es bastante más grave.
El paciente suele adoptar una quietud rígida, hierática, que no permite anticipar acceso alguno. La mirada suele quedar fija en un punto indeterminado o perdida sin destino aparente ni cierto.
Quien sabe, describe que el caudal de las lágrimas va subiendo hasta que accede a la parte interna del rostro, inundándolo todo a su paso, cada resquicio, cada pliegue. Trepa, sube, asciende de forma inexorable y lenta hasta que alcanza el nivel freático, se asoma al zaguán de los párpados y parece detenerse, pero no, persiste y se derrama, al fin, de una manera discreta, pero irreprimible, sin un sólo sonido, sin que un sólo músculo se contraiga, para dejar paso a un reguero suave y terrible que discurre por las mejillas como por un cauce trazado.
Al contrario que en el caso anterior, el corazón se refrena y el pulso se hace imperceptible, como si se atravesase un periodo de vida latente. La indolencia parece contagiarlo todo y sólo un leve movimiento torácico indica que aún se respira.
Este llanto sucede ante una pena o una tristeza infinitas... o cuando tiene lugar la más profunda de las decepciones. Es un llanto silencioso e irreparable, del que el propio gimiente no es consciente hasta que se percibe la leve humedad que se ocasiona o cuando la lágrima vertida se desprende y gotea, al fin, como lo hace la gota de lluvia del alero de un tejado.
Este tipo de llanto no proporciona desahogo ni alivio alguno, más bien al contrario, pues la aparente mansedumbre con que fluye no es capaz de arrastrar partículas en suspensión de ningún tipo y, la tristeza y la pena, más densas que el agua, se depositan, pertinaces, en el fondo y vienen a anudarse allá por la base del estómago, donde la masa intestinal constituye un laberinto, y aparece el peligro de enraizamiento, por lo que los procesos se suelen hacer crónicos, lo que obliga al paciente a aprender a convivir con ellos.
Los casos que refieren las crónicas -y la literatura-, de personas que han llegado a morir de amor, o de tristeza, que viene a ser lo mismo, lloraban todos de este modo. Es verdad que la mayoría de los afectados de este llanto consiguen salvar la vida, pero suelen quedar secuelas indelebles.
Quien llora de esta manera suele buscar la soledad y el apartamiento en los que el proceso se repite de forma periódica y frecuente, rehúye el contacto físico y se aviene a encajar los síntomas y a disimular las evidencias externas, por lo que la angustia se sufre en silencio, como las hemorroides.
Los teóricos saben que es más digna esta segunda forma, pero es más práctica la primera y proporciona mayor calidad de vida. Así que amigos y amigas lectores y lectoras, por vuestro bien, si podéis evitarlo, no os entreguéis nunca al llanto manso. Si tenéis que llorar, hacedlo poniendo el alma en ello.
Getafe, julio de 2005. |